Inicio | Acerca del Autor | E-mail
Mostrando las entradas con la etiqueta Agrología. Mostrar todas las entradas
Mostrando las entradas con la etiqueta Agrología. Mostrar todas las entradas

domingo, 26 de febrero de 2012

Historia de la Geotecnia - Historia de la Ciencia del Suelo 03


Pedología

Grandes cambios se han operado durante el siglo XX. Si el comienzo del siglo nos permitió ver el asentamiento definitivo de la Edafología como Ciencia, durante el transcurso de estos años, el devenir de la Química Agrícola nos ha mostrado que el suelo no era indispensable para producir alimentos. Al final del milenio, el suelo se ha convertido en pieza fundamental de otra Ciencia integradora, el Medio Ambiente y la Química Agrícola ha visto nacer a otra rama de la Alimentación: La Tecnología de los Alimentos. 

Las escuelas germana (Stremme) y rusa (Glinka) por fin se comunican mutuamente los resultados y como consecuencia de esta colaboración, Constantino Glinka (sucesor de Sibirtsev y cofundador de la ISSS en 1924) publica en 1914 su libro “Great Soil Groups of World”, que añade una visión universal a sus trabajos sobre los suelos. Sin embargo, el trabajo de su escuela rusa, los nombres que empleaban tales como chernozem, podzol, y solonetz, y su clasificación, quedan ocultos hasta que Marbut, en 1927, tradujo el trabajo de Glinka y lo presentó en el primer Congreso Internacional de la Ciencia del Suelo (USA). A la difusión de los conocimientos rusos del suelo cooperó de forma definitiva Joffe (1886-1963), quien por su origen lituano-ruso y sus relaciones personales, hace de puente entre las dos culturas y escribe su obra “Pedology” editada en 1936 y 1949. 

Los puntos vertidos por Dokuchaev y su escuela durante este siglo los resume Rozanov (1982) en los siguientes conceptos: 

  • Concepto de suelo: “cuerpo natural independiente”, que se desarrolla a lo largo del tiempo a partir de la roca madre, sometida a la influencia de los factores de formación, fundamentalmente de los organismos vivos. 
  • Concepto de “factores de formación del suelo”, explicado como un complejo interdependiente de fenómenos naturales bajo cuya acción integradora se forman y desarrollan. 
  • Concepto histórico de la formación y de la sucesión de etapas de formación y evolución. 
  • Concepto de unidad de cuerpo de suelo, natural, interdependiente, que justifica el análisis del perfil en su conjunto para poder realizar el estudio del suelo. 
  • Concepto de cubierta natural del suelo, como un estado del desarrollo global de la cubierta de suelo en la historia de la evolución geológica de la superficie. 
  • Concepto de zonalidad y tipos zonales de suelos (asociación de tipos), como principal forma de organización de la cubierta de suelo global que refleja la estructura e historia de la evolución global de la superficie. 
  • Concepto de Clasificación de suelos y Sistemática, como un reflejo de las conexiones existentes en la naturaleza entre los diferentes suelos y que pueden ser geográficas, genéticas y evolutivas. 
  • Metodología de descripción de los perfiles y nomenclatura de los horizontes. 

Modelo de Dokuchaev

Si Glinka concedió una gran atención a la geografía de suelos, a su formación y a los procesos de alteración, Vernadsky (1863-1945) inició el desarrollo de la Bio-geoquímica, rama de la Ciencia que destaca el papel del suelo como intermediario entre la materia viva y muerta. Sajarov (1878-1949) estudió las soluciones del suelo, demostrando su importancia en la edafogénesis. Gedroiz (1872-1933) destacó por su trabajo sobre la fracción coloidal, sus propiedades de adsorción y los métodos de determinación de las mismas. Los trabajos de Rode (1896-1989), respecto a la génesis de suelos y al régimen hídrico, los expone en su libro “The Soil Forming Process and Soil Evolution". La obra de Tyurin (1902-1962), Materia Orgánica del Suelo y su papel en la Edafología y en la Fertilidad, es el primer tratado centrado exclusivamente en la materia orgánica; sus métodos descritos pueden considerarse originales para la época. 

Las actuaciones de Marbut y Joffe generan un movimiento científico paneuropeo que contribuye al avance de la Edafología en todos sus campos y al conocimiento común de los suelos de cada país. 

El húngaro Alexius de Sigmond, aporta sus notables conocimientos sobre los suelos salinos y alcalinos, que aún hoy, sirven de esquema conceptual al haber establecido la diferencia entre los suelos con sales solubles y los que tienen sodio en los lugares de intercambio. El checo Joseph Kopecky (1870-1935) representa un grado más en la especialización de los conocimientos edafológicos al ocuparse de la Física del suelo, sobre todo de los temas del agua y el drenaje. En la Universidad de Zurich aparece G Wiegner (1883-1936). Sus trabajos sobre el complejo de cambio de los suelos quedan reflejados en su obra “Suelos y formación del suelo a la luz de la química de los coloides” (1918). Del sueco Albert Atterberg (1846-1916), quedan en nuestros días las acotaciones de los tamaños de las partículas de suelos, al hacerlas suyas la International Society of Soil Science (ISSS), y los conceptos de límite líquido e índice de plasticidad. 

Física del Suelo

El trabajo de Kubiena (1938) merece destacarse por ser el promotor del estudio de los rasgos macroscópicos del suelo y porque buena parte de su labor de detalle la realizó en España. Su libro “Micropedology" publicado en 1938 permitió que muchos investigadores españoles siguieran sus pautas de trabajo. 

En la primera mitad de este siglo, la cohabitación entre el punto de vista analítico y el naturalista (globalista) es difícil, pues ni los hombres de laboratorio perciben la pluralidad de los tipos de suelos, ni los agricultores saben interrogar a los investigadores, ya que todavía tendrá que verificarse la variabilidad de caracteres simples como la textura, pH o incluso la profundidad del suelo. Sin embargo no todo es negativo, pues los geógrafos aciertan a popularizar el concepto de zonalidad y los climatólogos y biólogos son capaces de mostrar la originalidad de los suelos frente a la ubicuidad de las rocas. La Agricultura también evoluciona: las explotaciones tradicionales y rutinarias se racionalizan. Se inicia la mecanización del campo y se desarrollan tecnologías hasta el momento desconocidas por su rendimiento y capacidad. 

Es entonces cuando la Ciencia del Suelo se estructura en Comisiones en las que los conocimientos y quienes las generan, se reúnen de una forma organizada. Así, la Primera Comisión trata el estudio mecánico y físico del suelo, la Segunda se centra en el estudio de la Química del suelo, la Tercera en el estudio bacteriológico y bioquímico del suelo, la Cuarta se dedica al conocimiento de la fertilidad del suelo, la Quinta desarrolla nomenclatura, clasificación y cartografía de suelos y la Sexta, a la aplicación de las técnicas agrícolas.

El nacimiento de una Ciencia, inicialmente exige que, desde las otras ciencias reconocidas en ese momento, se aporte el conocimiento que cada una es capaz de desarrollar de forma específica. Esto ocurre porque existen una serie de científicos que aman trabajar en áreas frontera de su propia investigación, quizás con el ánimo de ampliar el campo de actuación de su propia ciencia, y que en principio no suelen estar bien vistos por los colegas que definen la pureza de cada ciencia. Estos científicos, no bien reconocidos, pero con una visión aventurera, son los que posiblemente hacen evolucionar mas radicalmente el conocimiento. Posteriormente, en el seno de la “nueva Ciencia”, en este caso la Ciencia del Suelo, se generará un intenso proceso de discusión e integración de los conocimientos, que permitirá dotarla de una personalidad propia, hasta un asentamiento definitivo. 

Este proceso ha ocurrido con Ciencias como la Química Orgánica o la Inorgánica y está ocurriendo con la Bioquímica que está abriendo el camino a nuevas ramas como es la genética molecular, la ingeniería genética, la biónica, proteómica o genómica, por poner dos ejemplos, uno antiguo y otro actual. 

Empezando por la Física del Suelo, Briggs (1874-1963), estudioso del movimiento del agua y la retención de la humedad por el suelo, distinguió tres tipos de agua, definió los conceptos de humedad equivalente y coeficiente de marchitamiento y propuso métodos de medida para estos parámetros. Schofield (1901-1960) introdujo en 1935 el concepto de pF y Richards (1904-1965) desarrolló métodos de medida para el estudio de las relaciones suelo-agua. 
A partir de 1945 y sobre la base de los trabajos de Richards, aplicados de acuerdo con la ley de Darcy, se comienzan a desarrollar las bases teóricas de la dinámica del agua en el suelo en condiciones de saturación. Gadner (1956) y Philips (1957) las estudian en condiciones de no-saturación y Klute (1952) proporciona las bases de la difusión del vapor. Los avances en el estudio del agua adsorbida en la interfase sólido-líquido, su peculiar estructura y su reactividad fueron facilitadas por el avance de la microscopía, que permitió esclarecer no solo las características mineralógicas o determinados rasgos de los horizontes “diagnóstico”, sino también los movimientos del agua, solutos y elementos en suspensión en el suelo, las modificaciones de la estructura inducidas por procesos de naturaleza diversa y las alteraciones de minerales que acaban afectando a las propiedades anteriormente citadas. 

La termodinámica de las relaciones agua-suelo proporcionó los fundamentos para una terminología uniforme de las relaciones del agua tanto en el suelo como en la planta (Taylor y Slatyn, 1960). El empleo de células de yeso y nylon, tensiómetros y el uso de métodos de radiación, facilitaron la medida “in situ” del contenido en agua y de la densidad aparente del suelo. Thornwaite y Penman (1948 y 1956 respectivamente) proporcionaron la medida de la evaporación y transpiración del agua contenida en el suelo, siendo de extraordinaria utilidad la noción de evapotranspiración potencial introducida por el primero. 

Respecto a la estructura del suelo hay que destacar de Sajarov (1927) las aportaciones sistemáticas a la macroestructura y de Kubiena (1936) a la microestructura. El conocimiento de los factores que influyen en la dinámica de la estructura alcanzó un grado de desarrollo elevado a partir de los trabajos de Tiulin (1932), Bane (1934) y Russell (1934), con mención especial a los referentes a la estabilidad de los agregados frente al agua realizados por Yoder (1936) y Demolon & Henin (1938). Todos estos avances cristalizan en el modelo de los dominios de Emerson (1960), que tiene en cuenta las diferentes sustancias cementantes (arcilla, materia orgánica y otros), los posibles enlaces existentes entre las partículas gruesas y los coloidales y la participación de los metales como elementos puente. 

La mecánica de suelos fue desarrollada por Terzaghi (1913), Proctor (1930) y Casagrande (1933). Las aportaciones de Smith (1932, 1938) sobre la temperatura del suelo, se verán acrecentadas en la misma medida en que se extiende el uso de termistores, permitiendo conocer las características del régimen térmico del suelo y de su dinámica (Chang, 1957) y que, acompañado de la medida de la conductividad calorífica (de Vries, 1958) y con la aplicación de la teoría de difusión, plantean el problema dentro del contexto más general del balance de energía del suelo y sus relaciones con la atmósfera (Glier, 1964). El color del suelo se medirá, de forma universal, con ayuda de la clave de Munsell a partir de 1954 y creo que se automatizará para los suelos, como ya se ha hecho en otros campos, como el de las pinturas (abandonando el concepto de apreciación visual con el tiempo). 

Hoy, los estudios de Física del suelo están incorporando los procedimientos de análisis por computación, especialmente útiles para resolver problemas de dinámica de calor y agua en el suelo. Las aproximaciones teóricas y experimentales al estudio, en la interfase suelo/atmósfera a escala real, de flujos de vapor de agua en condiciones no isotérmicas, la aplicación de las redes neuronales a la modelización de los procesos de transferencia de materia y energía a través de la porosidad en suelos naturales y antrópicos, la estimación “in situ” de sus características hidrodinámicas y los esfuerzos para determinar con métodos de campo en contenido en agua y la capacidad hídrica del suelo, son campos en los que se trabaja activamente. También tienen gran interés los estudios sobre el comportamiento mecánico del suelo, especialmente los fenómenos de expansión y retracción. 

La aparición de la sonda de neutrones facilitó las medidas “in situ”, respetando las condiciones naturales y la variabilidad espacial, escasamente factible en condiciones de laboratorio. La investigación sobre el transporte de materia en solución ha permitido desarrollar modelos teóricos de predicción utilizando la técnica de reflectometría temporal (TDR), cuyo campo de aplicación se extiende hasta el transporte de contaminantes (Clothier y Voltz, 1998). La puesta a punto de técnicas para la medida de la porosidad del suelo y parámetros asociados (superficie específica, distribución de volúmenes porales, etc.) el uso de la microscopía de barrido y análisis de imagen, junto como la aplicación de modelos matemáticos como la geometría de fractales, permiten actualmente avanzar en el conocimiento de la estructura funcional del suelo. (Kutilek y Rieu, 1998).

Si las Ciencias que estudiaron aspectos del suelo relacionados con la Física, durante la primera mitad del siglo XX, la Química del Suelo permitió la elaboración de diversas teorías sobre el “complejo coloidal” del suelo y las propiedades con él relacionadas. Destacan los trabajos de Wiegner y Mattson (1929) sobre el complejo coloidal y los de Helmont y Gay sobre la doble capa, para explicar el origen de las cargas negativas, responsables de los fenómenos de cambio. Con el tiempo, el contenido de sus empíricos desarrollos se ven sustituidos por formulaciones más rigurosas desde el punto de vista teórico. Así, la teoría de potenciales químicos de Schofiel (1947) se ve modificada por Bolt, (1967) y Barrow, (1987). Igualmente destacan los trabajos sobre la reacción del suelo y sobre todo, los relacionados con el origen de la acidez o el conjunto de los procesos redox, observables en suelos saturados, o los trabajos de Barber (1984) sobre la disponibilidad de nutrientes en el suelo, en los que se introduce un factor que explica las posibilidades de difusión del ion hacia la planta. 
En la segunda parte de este siglo aparecen trabajos de síntesis sobre los elementos más destacados: Aluminio (Jackson, 1964), silicio (McKeague y Cline, 1963), hierro (Segalen, 1964) y las publicaciones de autores múltiples sobre: el fósforo (1980), potasio (1985), hierro (1985), manganeso (1988), “metales pesados” (1986), azufre (1986), que permiten darnos una idea de su participación en la actividad global del suelo. 

Así podemos organizar las direcciones más importantes que sigue la Química del suelo durante este periodo en: 

  • Elaboración de modelos sobre el cambio de nutrientes, la acidez del suelo, problemas ambos relacionados con las carencias y toxicidad de los oligoelementos. 
  • Establecimiento de las relaciones entre la composición y estructura de los coloides del suelo y las propiedades químicas. 
  • Estudio de los diferentes elementos químicos (metales, metaloides y radionúclidos) en el suelo, delimitando su presencia, movilidad, especiación, dinámica y facilidad de extracción. 
  • Su relación con los ciclos biogeoquímicos y su comportamiento en función de los condicionantes del medio: pH, Eh, tiempo de residencia, temperatura, competencia iónica, influencia de ligandos, así como y procesos químicos del suelo tales como adsorción, desorción, disolución, complejación, precipitación y oxidoreducción. 

Si Kelly, Hendricks y Fry (1929) realizan el primer análisis por Rayos X referido a los componentes inorgánicos y en 1939 se aplica por primera vez el microscopio electrónico al estudio del suelo, en el Congreso Internacional de la Ciencia del Suelo de 1935, Aganoff discute la utilización del análisis térmico diferencial (ATD). La aplicación de la nueva tecnología analítica, emergente a partir de 1945, permitió estudiar de forma aislada a los componentes, orgánicos, inorgánicos y los denominados inorgánicos móviles del suelo, generándose un avance espectacular. 

La espectrofotometría se introduce hacia 1950, la cromatografía en el periodo 40-50, la absorción atómica en 1955, los radioisótopos en la década de los 50 y posteriormente la resonancia magnética nuclear, los autoanalizadores, la sonda electrónica, cromatografía de alta presión HPLC, etc. y con ello un incremento de la capacidad de análisis en los laboratorios. Más recientemente fué la aplicación al suelo de técnicas microespectroscópicas (EXAFS, AFM, Mössbauer, Raman) y de caracterización química de muestras naturales sólidas o en solución, o la modelización matemática de los procesos con el fin de identificar y cuantificar los mecanismos de las reacciones inorgánicas y orgánicas en los suelos. 

El Nitrógeno es un elemento constitutivo de los compuestos humificados y actuante como impulsor de la actividad biológica del suelo atribuyéndose la responsabilidad “prima“ respecto a la productividad vegetal. Entre otras muchas, las aportaciones de Bremner y Bartholomew en el campo del análisis y evaluación de los compuestos nitrogenados en el suelo, de G. Standford sobre la mineralización del nitrógeno y las ecuaciones presentadas por C.G. Kowalenko y D.R. Cameron son de gran interés. 

Una de las consecuencias directas del planteamiento del paradigma de Jeny fue el estudio específico de la materia orgánica en Edafología, como un factor de formación de suelo y relegando a un segundo plano su concepto ancestral de la “bondad de los suelos orgánicos para la agricultura” verdaderamente poco científico. Sin embargo, cuando el US Soil Survey advierte que una de las causas de pérdida de fertilidad y de la erosión de los suelos están asociadas al descenso de los niveles de materia orgánica, se reagrupan todos sus intereses. 

Los trabajos de Forshyth 1941 de extracción de compuestos humificados con ayuda de sosa, influye sobre todas las investigaciones posteriores, incluídas las de Schnitzer (1956), quien desde su primer trabajo “Note of the extraction of organic matter from the B horizon of a Podzol Soil” lo utiliza con sus ventajas e inconvenientes, tal y como se puso de manifiesto el 1979 en el Congreso de “Migrations des Complexes Organo-Mineraux du Sols”, en Nancy. La modelización de su trabajo sobre la composición, y análisis estructural de los compuestos húmicos, es impresionante. Posner (1966) da un paso más allá, al realizar la titulación electroquímica de los compuestos “fúlvicos” y “húmicos” y relacionar sus resultados con la capacidad de intercambio iónico de la “materia orgánica” del suelo. 

Kononova y Belchikova (1971) introducen un nuevo extractante, el pirofosfato sódico por su actividad dequelante, que reduce los problemas de hidrólisis, autolísis bacteriana y neoformación en laboratorio evitando de esta forma los problemas de la sosa. Bruckert (1976) aporta el tetraborato como reactivo de extracción, sobre la base de su capacidad de reacción con los carbohidratos presentes en los componentes fúlvicos (cuya composición ya había quedado establecida). Y junto a ellos toda una nueva gama de reactivos orgánicos, complementarios al etanol, van a ser introducidos: dimetilformamida, dimetilsulfóxidos, dicetonas, y otros. 

La capacidad integradora de personas como Kononova, (1961) “Soil Organic Matter”, Giessekin (1972) “The Soil Components”, Flaig (1975) “The Soil Compounds” ó Lowe (1978) “The Soil Organic Matter” van incrementado el acervo de conocimientos de una forma organizada. Como consecuencia, las clasificaciones denominativas que impliquen a los conjuntos moleculares liberados siempre quedarán bajo sospecha, son difusos y su clasificación real es harto difícil. En casi ningún caso se atiende a lo que realmente hay y lo que se extrae, se engloba bajo nombres genéricos y solo en pocos casos se habla de compuestos orgánicos concretos etc.
Al conocimiento de las moléculas húmicas dedican buena parte su vida los alemanes Martin y Heider (1971). Stevenson y Flaig además de realizar un estudio general de estos compuestos, desarrollan diversos modelos moleculares de los ácidos fúlvicos y húmicos y en recopilaciones más recientes, Aiken, McKnight, Wershaw, MacCarthy, Hayes y Switt aportan entre 1985 y 1989 revisiones de gran importancia, tales como “Humic Substances in Soil, Sediment and Water” “Humic substances II: In search of Structure”, o los escritos por Frimmel y Christman “Humic Substances and their role in the environment”. A la alteración de las arcillas como tales y a la influencia del entorno edáfico específico, Jackson dedica una gran parte de sus esfuerzos. La conformación de los complejos organominerales se estudia a partir de la interacción de las arcillas con los ácidos húmicos y fúlvicos (Orlov y Greenland, 1965). 

A estos estudios van a contribuir técnicas, degradativas o no, tales como la espectrofotometría UV-V, IR, RMN, Resonancia de spin electrónica, análisis de difracción electrónica y por espectrofluorescencia, medidas de viscosidad, etc. y nuevos desarrollos como la aplicación del RMN de alta frecuencia, el uso de 13C, o la espectroscopía de masas por ionización (Py-FIMS). No se descartan técnicas menores como la cromatografía capilar en la determinación de los hidratos de carbono después de silitización, la cromatografía de exclusión molecular, la electroforesis sobre gel de poliacrilamida, por poner ejemplos puntuales de la extensa entre una variada gama de técnicas que hoy están presentes en los análisis de este tipo de materiales. 

Desde los primeros tiempos de la Mineralogía ya se diferenciaron, en el suelo, dos tipos de materiales objeto de estudio: la fracción gruesa, mayor de 2 micras de diámetro, y la fracción fina, inferior a dicho tamaño. Si las técnicas de estudio de la primera apenas evolucionaron, utilizándose casi exclusivamente la petrografía microscópica, la interpretación de los resultados empiezan a tener interés cuando se aplica a suelos policíclicos, a índices de fertilidad potencial, en estudios de meteorización y por su utilidad en las clasificaciones de suelos. 

La fracción fina ha recibido mayor atención como consecuencia de su mayor reactividad e influencia sobre las propiedades de los suelos. A principios de siglo, los coloides inorgánicos del suelo eran considerados como mezclas químicas de sílice, alúmina e hierro. Por su pequeño tamaño de partícula y por la imposibilidad de observar estructuras externas se consideraban como amorfos. Para conocer su composición se utilizaron fundamentalmente técnicas de tipo químico, la solubilidad en determinados reactivos o las relaciones estequiométricas entre sus constituyentes. Esta orientación se observa en los trabajos de Mattson, Robinson, Holmes ó McLean, entre otros. La aplicación de la DRX al estudio de la fracción arcilla contribuyó decisivamente a demostrar su naturaleza predominantemente cristalina. Desde entonces se realizan un gran número de estudios sobre la estructura y propiedades de los minerales cristalinos de la arcilla (Grim, Hoffmanm, Mehmel, Correns) avanzando notablemente en su conocimiento y catalogación. 

Recientemente la Edafología ha puesto especial énfasis en el estudio de los Minerales de cadena corta, derivado del importante papel que estos parecen tener en determinados tipos de suelos como podzoles, oxisoles y andosoles. Destacan los trabajos de Fripiat (1964), van Reeuwijk (1974), Fieldes (1966), Tan (1984), entre otros. 

Para el estudio de los mecanismos de las reacciones de alteración, se han utilizado dos estrategias. Con la más clásica, Jackson y Sherman (1953) estudian la composición del suelo y de las rocas en diferentes etapas de alteración. La segunda representada por de Pedro (1979) consiste en provocar la alteración experimental de distintas rocas y minerales en condiciones controladas de laboratorio. Han merecido también la atención los estudios de transformación de minerales a los que han aplicado los principios de la termodinámica para predecir las fases estables y el sentido de las transformaciones. Actualmente son temas de estudio de especial atención: 

  • Estudios mineralógicos en ambientes especiales y extremos. 
  • Estudios de tipo geoquímico y termodinámico. 
  • Estudios de alteración experimental. 
  • Estudios sobre las características superficiales de los minerales y su relación con las propiedades del suelo. 

Técnicas combinadas como espectroscopía de absorción atómica por plasma de acoplamiento inducido, RMN, FTIR, y FT-Raman, así como técnicas de estudio de la interfase (ESCA, Auger), que han propiciado el avance de la química de superficie, fundamentada en la caracterización precisa de los grupos funcionales de superficie, de los componentes orgánicos y minerales del suelo, responsables de su interreactividad.

En USA, los conocimientos sobre génesis, clasificación y uso de los suelos se organizan a partir del inicio de actividades del “National Soil Survey Program” dirigido por Milton Whitney. Sus colaboradores de campo llegan impresionados por las grandes variaciones que presentan los suelos naturales y la ausencia de relación obligatoria con el uso agrícola de los mismos y su productividad. En un principio, Whitney enfatiza sobre la importancia de las propiedades texturales y la capacidad de un suelo para nutrir a las plantas y cubrir sus necesidades de agua y de nutrientes. F. H. King se da cuenta de la importancia generalizada de las propiedades físicas de los suelos, para estos fines. 

Al principio, el reconocimiento de suelos se hacía para informar a los agricultores del uso de prácticas agrícolas adecuadas y ayudar a decidir qué producción debían de sembrar en cada caso particular, según el tipo de suelo. Hasta 1910, la mayor parte del personal fueron geólogos, los únicos expertos disponibles con experiencia en los métodos de campo y capacitados para evaluar los problemas agrarios, pero cuya concepción del suelo era como un conjunto de los productos de alteración de las formaciones geológicas definida por la forma del suelo y la composición litológica, lo cual reflejaban en la mayor parte de sus informes. 

De una forma gradual, entre 1910 y 1920 se fueron incorporando tanto los factores de formación naturales como el antrópico y aparece un número mayor de condicionantes que los que corresponden a los conceptos geológicos puros. Los investigadores de campo aprendieron que algunas propiedades importantes del suelo no estaban relacionadas con el tipo de roca o el suelo formado. Notaban que suelos con mal drenaje natural tenían propiedades diferentes a aquellos con buen drenaje y que los suelos de ladera eran diferentes entre sí. A partir de 1903, la “oficina de seguimiento y control de suelos” de Dubuque County incluye sistemáticamente en sus informes la estructura del suelo y la de Tama County, en Iowa relacionó la topografía con la diferenciación de perfiles. En poco tiempo también se dieron cuenta que había diferencias entre los suelos bajo bosque o pastizal, formados a partir del mismo material parental. 

Un conflicto conceptual estuvo latiendo desde el comienzo del Soil Survey. En los laboratorios primaba la Teoría del Balance Nutricional en lámina de agua, usado para interpretar la nutrición vegetal, mientras que los conceptos geológicos predominaban en los trabajos de campo. Hasta finales de los años 20 estos dos conceptos condujeron a clasificaciones de suelos muy dispares. Y ello a pesar de que determinados conceptos habían sido ya desarrollados de forma aislada por Hilgard (1860) y Coffey (1912) y se comenzaban a recibir las informaciones divulgadas por Marbut, procedentes de la escuela rusa. Desde los trabajos de Hilgard, los conceptos más sensatos sobre clasificación de suelos fueron planteados por Coffey, al clasificar de suelos sobre la base de un sistema jerárquico basado sobre una única característica conceptual: “El suelo era un cuerpo natural que tenía una génesis definida, una naturaleza distintiva en cada caso y un proceso de formación de sus componentes independiente de las rocas constitutivas de la corteza de la tierra” (Cline, 1977). 

En Alemania, Emil Ramann (1851-1926), profesor de la segunda cátedra de Edafología del mundo, receptor básico de las ideas de Dokuchaev e impulsor del desarrollo de la Edafología en la Europa del Oeste, realiza una importante actividad en el ámbito forestal, publicando su libro “Edafología forestal y teoría de la distribución de suelos”. La traducción inglesa de su obra “The evolution and classification of Soils" (1928) supuso la apertura de su labor investigadora a todo el ámbito científico.

A partir del Congreso de Roma, las Clasificaciones se inspiraron casi exclusivamente en los postulados de Dokouckaev. Los rusos conciben a los suelos como cuerpos naturales independientes, resultado de unas combinaciones únicas de clima, materia viva, material parental, relieve y tiempo (Gedroiz, 1927). Con esta doctrina, aceptada por todos, interpretaban los conocimientos semiempíricos que sobre el suelo y sus propiedades se habían ido acumulando. Hipotetizaban sobre qué propiedades reflejaban mejor los efectos combinados de este conjunto de factores genéticos responsables de su formación. Más tarde, Jenny (1941) enfatizaría la relación funcional entre las propiedades del suelo y su proceso de formación. 

Así, bajo la dirección de Marbut (1853-1935), el Soil Survey acepta los conceptos de la Edafología rusa y los adapta a las condiciones de los EE.UU. Hacia 1925, aparecen un gran número de trabajos sobre química y morfología que Marbut resume, interpreta y presenta en el I Congreso Internacional Congreso de Washington (1927). Crea un sistema de clasificación que agrupa a todos los suelos del mundo. En su esquema categoriza en el nivel superior dos órdenes: los Pedalfers (con acumulación de hierro y aluminio) y los Pedocals (con acumulación de carbonatos). Sólo los primeros se subdividieron en subórdenes en función de los cocientes SiO2/Al2O3 de la fracción arcilla, en la creencia de que esta relación reflejaba los niveles pluviométrico y térmico bajo los cuales se habían formado los suelos. A partir de aquí y hasta el cuarto nivel de clasificación, el sistema fundamental era climático; en el quinto nivel aparecía el desarrollo del perfil y en el sexto, el material de partida. 

Marbut afirmaba: “el reconocimiento de los horizontes del suelo y la descripción e identificación de los mismos se basa, en esencia, en el estudio de la composición, características, número y disposición de los horizontes del suelo que constituyen cada perfil"

Junto con Jacob S. Joffe (1928), definían al suelo como “un cuerpo natural de constitución mineral y orgánica, diferenciado en horizontes, con profundidad variable, y que difiere del material subyacente en su morfología, composición química y características biológicas” definición aceptada actualmente por Birkeland (1974). 

Marbut defendió que la clasificación de suelos podría asociarse a la morfología y no a las teorías de génesis, al ser ambos conceptos dinámicos. Afirmaba que podrían preverse ciertas características sin examinar los suelos. En todo caso, Marbut tiene claro que el examen de los suelos es esencial en el desarrollo de un Sistema de Clasificación y de la cartografía de uso. A pesar de todo, el trabajo de Marbut revela su personal conocimiento de la geología y por ello, su clasificación de 1935 depende del concepto de “un suelo normal”, que es resultado de un equilibrio estable entre erosión y formación del suelo. 

Otras clasificaciones plantearon criterios ajenos al clima e incluso a los factores de formación. Stebutt (1930) subdivide los suelos en su primer nivel según el grado de desarrollo, mientras que en el segundo, la subdivisión se establece ya según los factores de formación y las propiedades de los suelos. Las clasificaciones de Gedroits (1925) y sobre todo la de Huguet del Villar (1937), intentan ordenar los suelos exclusivamente por propiedades intrínsecas a los mismos y sin referencia alguna a su entorno. El primero utilizó el complejo absorbente como criterio diferenciador, y el segundo (autor del primer sistema de desarrollo en forma de clave) utiliza todo un conjunto de propiedades ordenadas según la influencia que, según el autor, tenían sobre la génesis de suelos. 

Charles E. Kellogg (1936), continuador de Marbut, define al suelo sobre una base geográfica, como “un cuerpo natural en equilibrio dinámico con su medio, lo que permite considerar dos tipos de actividades durante la formación del mismo: destructivas, debidas a la alteración física y química, y constructivas, impulsadas por fuerzas biológicas". El sistema de clasificación de Kellogg (The Seventh Aproximation), basado en criterios de zonalidad climática, se mantuvo vigente hasta 1960 y es precursor de la Soil Taxonomy
La primera edición del Soil Survey Manual (1937) presentada por Kellogg, indica que una unidad cartografiable de suelos es “un cuerpo geográfico, cuya identidad sólo puede ser establecida sobre la base de una repetición de ciertas características definitorias, en las que los suelos están asociados con algún medio particular". La segunda y tercera edición del Soil Survey Manual (1951, 1984) supervisada por Kellogg, dio un gran empuje a la morfología cuantitativa y es una obra muy utilizada, al normalizar la metodología de trabajo en el estudio de los suelos en el campo. 

Las clasificaciones rusas que se desarrollaron hasta la Segunda II Guerra Mundial se basaban en su principio de zonalidad de los Grandes Grupos de Suelos, (zonales, azonales e intrazonales) (Neustrenev, 1926; Vilensky, 1927; Glinka, 1931; Gerasimov, 1939, etc.). Prescott a través de Marbut, publica en 1931 la primera clasificación de suelos australianos, basada en el sistema zonal ruso, clasificación que fue superada por el sistema de Northcote (1971). El inglés Milne (1935 publica su concepto de “catena” como una entidad cartográfica y genética dentro de sus trabajos de clasificación del Este de África. 

Los conceptos de la escuela rusa fueron revolucionarios porque las propiedades de un suelo no se basaban únicamente en las inferencias de la naturaleza de las rocas, del clima o de los factores ambientales, considerados éstos de una forma independiente. Era más, estos conceptos requerían que todas las propiedades del suelo fueran consideradas de una forma colectiva, de tal forma que se integraran en un cuerpo natural, y la expresión de todos estos factores podía contrastarse en la morfología de cada suelo. Así sería posible el estudio del suelo como una Ciencia. 

El entusiasmo inicial por estos nuevos conceptos y por el posible desarrollo de la nueva disciplina de la Ciencia del Suelo, llevó a algunos a pensar que se tenían que olvidar los viejos conceptos procedentes de la Geología y de la Química. Sin embargo esta posición, se rectificó rápidamente, permitiendo la aparición de nuevos conceptos y estrategias cuya utilidad es actualidad y futuro. Así la morfología del suelo proporciona bases firmes sobre dónde ubicar los resultados procedentes de la observación y de las experiencias de laboratorio, que junto a la práctica de campo y el desarrollo integrado de todos estos principios, puede permitir la predicción del comportamiento futuro de los suelos. 
Durante los años 30 el mayor énfasis se puso en el concepto de perfil, pero se extendió a los estudios morfológicos desde simples muestreos hasta la aparición de series de suelos dentro de un área determinada, y su morfología llegó a ser descrita por un conjunto de propiedades que se evalúan cuantitativamente calculándose las desviaciones respecto de un perfil típico. El desarrollo de las técnicas para los estudios mineralógicos de arcillas enfatiza también la necesidad de los estudios de laboratorio. 

En esta época, la formación de los suelos se explicó en términos concebidos como procesos aislados tales como “podzolización”, “laterización”, y “calcificación”. Se presumía que eran los únicos procesos responsables, para observar las propiedades comunes de los suelos de una región (Jenny, 1946). 

La concepción de “Factores formadores de suelos de Hans Jenny” (1941), como “un sistema pedológico cuantitativo, concisamente sintetizado e ilustrado, base de los principios científicos de la Edafología moderna”, obliga a avanzar intensamente en los conocimientos de la química, la física, la mineralogía y la biología del suelo. Como consecuencia inmediata, la génesis de suelos se basa en procesos y factores. Los procesos físicos, químicos y biológicos se interrelacionan de tal forma que aparece una nueva dimensión del concepto de suelo y su interrelación con la planta. Ahora hay que cuantificar cada propiedad y cada proceso, intentando conocer de qué forma contribuye a la variación del comportamiento del conjunto y las interrelaciones que cada variación genera. 

En su libro “Factors of Soil Formation”, Jenny (1941), considera que el suelo es un sistema cuyo estado puede ser definido por la acción combinada de una serie de variables, (los factores de formación del suelo), definidos previamente por Dokuchaev, a los que se añade el tiempo. De esta manera, la formación de un nuevo suelo se explica al establecerse un gradiente de cualquiera de estas variables, por lo que el número de estados posibles del sistema suelo es prácticamente infinito; su modelo se expresa como la función: 

S= f ( cl, m, r, O, t,… ) 

en donde S puede representar tanto al suelo en su conjunto como a una propiedad particular del mismo y es una función del clima (cl), material parental (m), relieve o topografía (r), organismos (O), tiempo (t) y factores inespecíficos (…), entre los que incluye a las actividades humanas. Su ecuación y su libro sintetizan el concepto del tiempo y forman un paradigma de la Ciencia del suelo que llega hasta nuestros días. 

A partir de este momento, aparecen dos tendencias claras que aún se mantienen para clasificar los suelos: La Estadística funcional y la Genética-evolutiva. Dentro de esta primera destaca la Soil Taxonomy, de la segunda la clasificación francesa

Si, en la clasificación de suelos propuesta por Marbut, las clases de suelos y de sus categorías superiores, eran descritas en términos cualitativos, basados en conceptos y teorías rusas de génesis de suelos, a partir de 1949, Guy Smith introduce los criterios cuantitativos. Su trabajo culminó 15 años después en un nuevo sistema de clasificación de suelos que constituyó la Soil Taxonomy “A Basic System of Soil Classification for Making and Interpreting Soil Surveys” (Soil Survey Staff, 1975). 

A partir de ese momento, las unidades del sistema de clasificación se definen a través de propiedades del suelo que pueden ser observadas, detectadas y medidas permitiendo definir horizontes y parámetros de diagnóstico, lo cual da paso a un sistema objetivo. También es un sistema dinámico, ya que su estructura permite modificaciones parciales (como las ampliaciones realizadas recientemente), sin alterar sus contenidos básicos, en la medida que se vayan adquiriendo nuevos conocimientos, siendo además comprensivo, (acepta clasificar todos los suelos). La contribución más significativa proviene de definir los límites cuantitativos de clase y de cuantificar al individuo suelo para su caracterización utilitaria. 

El sistema está pensado para que la taxonomía y la cartografía sean de aplicación sencilla y directa, ya que cada clase define cuantitativamente a los cuerpos de suelos y genera unidades cartográficas cuantificadas, lo que permite que los mapas de suelos puedan ser interpretados de forma rápida, precisa y universal. De esta forma, simplifica y acelera los procesos de correlación entre suelos. 

Otro factor que tuvo un gran impacto, fue la ampliación del trabajo del Soil Survey a todo tipo de suelos, no ciñéndose únicamente a los ámbitos de producción agraria, pecuaria y forestal. De esta forma se pretende conocer y/o predecir no sólo el impacto de las explotaciones agrícolas o forestales sobre la evolución de los suelos; también se amplía al efecto de otros usos del suelo, como la construcción de ciudades, autopistas, pantanos, parques de recreo, vertederos, ferrocarriles, etc.. En este nuevo apartado, la cartografía se hace absolutamente necesaria y los estudios de impacto también. 

La precisión de los sistemas de clasificación se incrementa con la inclusión de nuevas tecnologías de supervisión de suelos. Si el uso de la fotografía aérea (introducido al final de los años 30) como base universal de trabajo, permitió un incremento de detalle y precisión para quienes trazaban los mapas, lo que facilitó la transferencia de escalado cartográfico. Hoy, la unión de técnicas y herramientas, (sistemas de información geográfica (GIS), métodos geoestadísticos de interpolación de las propiedades de los suelos, análisis de imágenes, de teledetección) junto con técnicas geostadísticas cuantitativas para la predicción espacial de las propiedades del suelo, (fundamentadas en métodos no lineales, procedimientos de regresión y redes neuronales, o la contribución de la geofísica a la caracterización de las variaciones espacio-temporales del suelo, la cartografía tridimensional para representar la distribución espacial de los suelos y las relaciones entre los suelos y los ecosistemas asociados) permiten de forma rápida y automática superponer informáticamente mapas de todo tipo. 

En la línea genética – evolutiva, la visión particular de Kubiena le llevó a proponer una clasificación de suelos cuyo primer nivel lo realiza un factor de formación y el segundo nivel se desarrolla mediante criterios de evolución definidos a partir de una serie de propiedades micromorfológicas. Fue muy utilizada en España hasta comienzos de los años sesenta ("Las claves sistemáticas de suelos” de 1952 y “The Soils of Europe" de 1953 publicadas por el CSIC) y su enfoque sirvió de guía a las clasificaciones de suelos en clave genética, elaboradas posteriormente en Europa. 

La clasificación Francesa (C.P.C.S., 1967), considera que la trilogía medio-proceso-caracteres, debe de ser tenida en cuenta simultáneamente. La elección y la jerarquización de los caracteres utilizados en los diferentes niveles no pueden estar separadas del estudio de los procesos y de la ecología. Philip Duchaufour y G. Aubert presentaron esta clasificación en 1956 en la que los suelos jerarquizados en diez clases diferentes, en función del grado de evolución, de las condiciones de alteración, del tipo de humus y del quimismo del complejo adsorbente. 

Otras ideas procedentes de la Ecología entran en juego. El estudio del proceso evolutivo del suelo conduce al estado “climax” o estado de máximo desarrollo de sus propiedades. Para explicar los mecanismos de la evolución se utiliza bien la teoría de las múltiples líneas evolutivas o bien la hipótesis del único proceso de desarrollo (Nikivoroff, 1948), que conduce a formular la teoría del sistema residual de Chesworth (1973). 

La clasificación FAO-Unesco, ideada inmediatamente después de la II Guerra Mundial como proyecto destinado a elaborar mapas de suelos del mundo a escala 1:5 millones, pretendía unificar estas dos líneas. Pudo presentarse en 1968 gracias a los esfuerzos de Dulal, van Baren, y Kovda, entre otros científicos. La primera versión, muy influida por la clasificación americana, consideraba 106 clases de suelos, agrupados en 26 clases mundiales de suelos, sobre la base de procesos tales como la gleificación, lixiviado, salinidad, etc. Para darle un mayor valor pragmático se definen las clases texturales y de pendiente, así como diversas fases con significado agronómico, además de variantes climáticas. 

En 1985 se realizó una versión revisada con cambios substanciales en las definiciones de algunos horizontes y con la adición de un tercer nivel categórico y en 1994, un nuevo borrador (”World Reference Base for Soil Resource”). La leyenda de suelos de la FAO ofrece una alternativa de manejo más simple que la Soil Taxonomy, ya que carece de los niveles jerárquicos de ésta, prescinde de condiciones climáticas referidas al suelo como sistema de clasificación, su nomenclatura está basada en términos tradicionales de fácil comprensión para los iniciados en la materia y es particularmente útil para clasificaciones de suelos a pequeña escala. No obstante mantiene numerosos puntos en común con la Soil Taxonomy, principalmente en cuanto a definición de los horizontes y las propiedades de diagnóstico. 

Hasta ayer, la Soil Taxonomy y FAO son los sistemas de clasificación de suelos más universales, pese a que todavía existen numerosos sistemas de ámbito nacional como el del CPCS para Francia y ultramar, Reino Unido (Avery, 1965), España (Guerra y Monturiol, 1968) etc. así como el desarrollo de clasificaciones denominadas “coordenadas” que tratan de representar los suelos en un sistema coordinado dentro del hiperespacio o, mejor todavía, dentro de un sistema numérico de clasificación (Webster, 1977). 

Si se hace un repaso somero a la historia reciente de cada país, también se encuentran y justifican determinadas tendencias científicas que preocupan al mundo. 

La Edafología americana se centra sobre los estudios de erosión y conservación de suelos, cuyo enfoque inicial le proporciona Hugh Hammong Bennet (1881-1960), fundador del Soil Conservation Service y verdadero movilizador frente al problema de la erosión. Su obra “Soil Erosion: A National Menace" primero, y luego su libro básico “Soil Conservation” así lo acreditan, demostrando su aportación a un tema de tanta actualidad. El carácter pragmático americano y la vertiente tecnológica, implícita en la práctica de la conservación del suelo, generan un gran desarrollo de estas materias, pudiendo tomar como ejemplo la actividad de Frevet desde la década de los 50. 
En un sentido más teórico, pero con un fondo práctico, figura el establecimiento de la llamada “Ecuación Universal de Pérdida de suelos por Erosión (USLE)” desarrollada por Walter H. Wischmeier y Dwight D. Smith y presentada en el Congreso de la ISSS de 1960 en Madison. Pese a las restricciones que prudentemente hay que establecer ante el empleo de esta ecuación, constituyó un excelente punto de partida para posteriores progresos y en todo caso un esquema conceptual y un instrumento de análisis de los procesos erosivos

La organización de la estructura del suelo ha sido y es uno de los aspectos de mayor interés para enfrentarse a los problemas agronómicos. Una vez hecha pública la teoría de Emerson sobre los dominios y organización del suelo, sus conocimientos se completan con los conceptos vertidos por Russell (1971) en su publicación “Soil Structure: Its maintenance and improvement”, los trabajos de E. W. Hamblin (1977) respecto a la dinámica de formación de los agregados y los criterios sobre dinámica evolutiva de los agregados bajo distintas acciones antrópicas de Chesters y Harris. 

En Francia no puede omitirse una mención a Albert Demolon, agrónomo y físico, quien, con su obra “Dymanique du sol” ha contribuido a la formación de generaciones enteras en estos temas. Henry Erhart cubre la vertiente del estudio de suelos tropicales y gracias a su experiencia y estudios publica su difundida obra “La genèse des sols en tant que phénomène géologique”, donde da a conocer su teoría de la biorresistasia, que ayuda a una mejor comprensión de muchos procesos genéticos, sobre todo en los países de relieves acentuados. Philip Duchaufour, como director del Centre de Pedologie Biologique de Nancy, ha dejado una importante huella en el estudio de los suelos, con una visión mundial de los procesos edafogenéticos. 

En el CPB-CNRS de Nancy, Berthelin estudia la alteración que sufren los minerales por microorganismos, lo cual nos da conciencia de que en el suelo, los procesos de alteración del componente mineral no tienen únicamente un ritmo geoquímico (lento) sino que presentan un segundo ritmo, (microbiológico). Los estudios del inglés Jenkinson, iniciados en 1948 sobre la actividad microbiológica y descomposición de la materia orgánica, adquieren toda su importancia, pues abren una tercera velocidad de evolución de las arcillas, derivada de la actividad de los catabolitos orgánicos de origen microbiano. Estos conocimientos aplicados convenientemente e imitando a la naturaleza, son el fundamento de todas las aplicaciones de compuestos quelantes que se desarrollan en la Química Agrícola actual. 

En Gran Bretaña han existido también figuras notables que han dejado una profunda huella. Alfred D. Hall recoge el fruto de la prolongada labor realizada en Rothamsted en épocas anteriores y se beneficia de este conocimiento para la publicación de sus dos obras principales: “The Soils" y “Fertilizers and manures", con las que cubre un amplio campo de conocimientos. John Russell ha generado una base de doctrina agronómica con su obra “Las condiciones del suelo y el crecimiento de las plantas" y Gilbert W. Robinson ha sido uno de los puntales más firmes de la Edafología genética, sobre todo a través de su obra “Suelos, su origen, clasificación y constitución"

Alemania presenta actualmente una manifestación muy importante de su tradición edafológica. Las contribuciones de H. Stremme a la cartografía edafológica influyeron enormemente en España, al apoyar a Hugette del Villar en el ambiente internacional. Su labor queda avalada por la preparación del primer Mapa de Suelos de Europa, a escala 1:10 millones (1927). Vageler con más de 20 años de experiencia representa a los edafólogos expertos en temas tropicales y escribe su obra “Fundamentos del estudio de los suelos de los países tropicales y subtropicales"

La tradición holandesa en los estudios sobre suelos se ve confirmada en esta etapa reciente por la presencia de notables edafólogos como Hissink experto en temas de Química del suelo y Salinidad. El estudio de los suelos con sulfatos ácidos fue impulsado por van Beer ante la crítica situación de los mismos y sus dificultades de utilización desarrollando sistemas de drenaje para todo tipo de suelos hidromorfos. Su obra “Acid Sulphate Soils” es la primera que sienta los criterios y permite un rápido diagnóstico de los mismos. 

Hoy, la actitud de intercambio de conocimiento e integración que tuvo el movimiento paneuropeo a los efectos del estudio del suelo, no se ha perdido. Un buen ejemplo de la presencia de todos los “antiguos grupos de trabajo” es el proyecto EuroSOMNET (European Soil Organic Matter Network) patrocinada por el programa ENRICH en la que el Prof. Pete Smith se encuentra generando modelos en los que la materia orgánica de los suelos, sus variaciones cuantitativas globales y los ritmos de los procesos metabólicos que en su seno ocurren, pueden condicionar, a largo plazo, el sentido del llamado cambio climático.

Ir a:

Guardar en PDF

Historia de la Geotecnia - Historia de la Ciencia del Suelo 02


Definición de Edafología

Edaphos (Perfil de Suelo)

El término Edafología (de las voces griegas edaphos: suelo y logos: ciencia o tratado) abarca una ciencia que estudia la génesis, evolución, propiedades y distribución geográfica de los suelos, las relaciones entre suelo y planta; suelo y cultura (cultivos), considerando al suelo un como cuerpo natural, continuo y tridimensional, en equilibrio energético, e integrado en el ecosistema del que forman parte. 

A grandes rasgos, el concepto de suelo y los estudios relacionados con el mismo, se han concebido de dos formas diferentes: una basada en la naturaleza de sus propiedades y otra fundamentada en las orientaciones específicas o “usos” del suelo. Esta última concepción ha sido la más empleada a lo largo de la Historia, debido al carácter utilitario de las relaciones que el hombre establece con el suelo, y a la importancia económica de la agricultura para todas las civilizaciones, hecho que relegó cualquier consideración analítica del concepto de suelo hasta épocas recientes. 

La coincidencia de algunos objetos relacionados con la actividad agrícola (arados de palo, azadas de piedra, palos y cuchillos de madera para siembra) y la similitud de ciertos métodos de cultivo (encontrados en las Yungas o selvas del Perú y Bolivia), así como las terrazas y andenerías de cultivo en las laderas de las montañas asociadas a los asentamientos defensivos o Pucaras (La Puna de Atacama en Perú; Tilcara en Jujuy y Quilmes en la Rioja Argentina), la práctica del riego (el sistema prehispánico de captación e irrigación en Alfarcito) y el uso de abonos (bostas de camélidos), muestra, en algún tipo de relación cultural entre los indígenas americanos y las antiguas civilizaciones europeas. Pero no todo se cultivaba sobre suelo. Los jardines colgantes de Babilonia, los jardines flotantes de los aztecas en Méjico y los de la China imperial, son ejemplos de cultivos hidropónicos, existiendo también jeroglíficos egipcios fechados cientos de años antes de Cristo, que describen el cultivo de plantas, en agua. 

Según Yarilov (1913), Hipócrates, (autor de la aproximación holística a los problemas, es decir, de la aproximación que proporciona las soluciones a través de la síntesis de diferentes puntos de vista), tuvo un alumno anónimo que escribe sobre el suelo: 

Hipócrates

La tierra sería el estómago de las plantas y éstas reciben de ellas el alimento en forma de fácil digestión. La tierra posee una enorme cantidad de fuerzas que nutren a las plantas. La fertilidad o infertilidad de un suelo es función de la presencia, carencia o ausencia de la humedad necesaria para las plantas. Las características del suelo que coordinan su fertilidad varían fácilmente de un lugar a otro”. 

Este alumno anónimo, considerado el primer redactor de escritos de Edafología, parece que tenía construido un aparato para hacer el análisis mecánico del suelo, y se habría apercibido de la noción de estructura del suelo, de las diferencias de humedad y temperatura, de las relaciones de la humedad con la evaporación y el nivel de la capa freática, así como de la noción de perfil térmico del suelo. 

Lucio Junio Moderato Columela (70 A.C.), escribió: “la tierra es la madre común de todas las cosas, porque ella es la productora de todas y está destinada a producirlas constantemente”. sin apercibirse que también se podían construir casas de forma mucho mas rentable a producir alimentos, en su libro “De Re Rustica”, clasificó los suelos en función de su bondad para el desarrollo de las plantas, agrupándolos en seis categorías: grasos y magros, húmedos y secos, y blandos y fuertes. La mezcla de esas propiedades daba una infinita variedad de tierras (Boulain, 1989). 

Los Doce Libros de Agricultura

Galeno (131-201), respecto a los suelos, tenía además de sus categorías, integradoras del pensamiento Aristotélico, las siguientes y curiosas reflexiones: 

  • La regeneración de los suelos es natural. “Para plantar un árbol es necesario hacer el agujero un año antes para que la tierra se haga”. 
  • La montaña es la imagen de un elemento seco y frío. “Todo lo que la montaña tiene de bueno se transporta monte abajo”. Los suelos del pie del monte y del valle son los mejores porque los elementos están combinados en una proporción justa. 
  • El calor es indispensable: “la tierra madurará bajo la influencia del sol y de la lluvia”. 

La Edad Media conduce al secretismo de la Alquimia, pero los árabes influirán tremendamente en la agricultura, al mostrar como las plantas podía crecer mejor con la aplicación de técnicas sencillas y un manejo racional del agua. 

En su primera parte, en la Europa cristiana, los eruditos tradujeron y recopilaron numerosos códices y trabajos. Algunas figuras son dignas de mención. En la España Visigoda, San Isidoro de Sevilla (570-636) sintetiza buena parte del saber de la agricultura tradicional en el libro XVII de sus Etimologías, al tiempo que recoge las descripciones de suelo (como soporte sólido) y pedión (suelo en sentido rural, opuesto al urbano) ya diferenciadas en su día por Virgilio en sus Geórgicas. Geber, en el siglo VII ú VIII, señala que “la potasa es un constituyente de las plantas”, y que “el agua, el aceite y las sales son alimentos necesarios para las mismas”. Ibn Wahschiad (siglo X) es el autor de una compilación de obras anteriores denominadas “La Agricultura Nabatea”, conjunto de recetas sobre la elección de fertilizantes y su utilización. En Bizancio, Cassius Bassus (siglo X) escribe las “Geopónicas”, serie de 20 libros, en cuyo segundo tomo sintetiza y reproduce los conocimientos preexistentes sobre la clasificación de los suelos. 

Pero el principal impulso experimentado por la agricultura de la época, proviene del mundo islámico, al introducir numerosos medios técnicos y mejoras en las prácticas agrícolas respecto a las conocidas hasta entonces. Los agrónomos hispano-árabes fueron capaces de aunar las concepciones teóricas del suelo, propias de los autores grecolatinos, con las descripciones vivas de suelos observadas en la realidad, siguiendo su mentalidad oriental. Estos sabios pudieron caracterizar los suelos tanto en términos de cualidad, como mediante denominaciones globales, próximas a las descripciones de tipos de suelos. Aunque esta unión entre lo teórico y lo experimental no fue suficiente para edificar una ciencia, los estudios sobre el suelo y la agricultura tuvieron en el Al-Andalus (actual Andalucía) un foco destacado, representado por eruditos tales como Abú Zacaría, Ibn Hedyuady, Ibn Basal, Abul Kjair y otros. 

Los musulmanes han dominado como nadie el manejo del agua y la ingeniería del riego dejando una buena muestra de ello en sus casas, palacios y campos. “El Libro de Agricultura” de Abú Zacaría es una excelente recopilación de los conocimientos manejados en el área mediterránea. En su capítulo 1 se ocupa del “Conocimiento de las especies de las tierras buenas, medianas o inferiores para plantíos y sementeras por medio de ciertas señales indicantes de estas cosas…”. Su extensa bibliografía (más de 100 autores) y el ser un experto cultivador, hacen que este libro tenga mucho de acertado y poco de erróneo. Aboulkhayr autor de “El libro del cultivo” describe las tradiciones agrícolas de la antigüedad, añadiendo el empirismo andalusí. Ibn al Awan (1145) es autor de un Tratado de Agricultura, que contiene un sumario de los conocimientos del mundo mediterráneo en materia agrícola durante la Edad Media. En él se encuentran nociones próximas al concepto actual de edafogénesis, de tipología de suelos, así como sobre el régimen hídrico y la forma de realizar pruebas de diagnóstico. 

Abú Zacaría

Los conocimientos químicos de la China pasan a Tebas y Menfis, en donde los sacerdotes, de un modo reservado, enseñaban en sus templos la química con el nombre de Arte Sagrado. En Bizancio se llamará Alquimia y se extenderá por toda Europa en la Edad Media. A España llega en el siglo VII de la mano de los árabes. Las escuelas de Córdoba, Toledo, Sevilla, Granada y Murcia fueron las más afamadas, y desde ellas se irradió el conocimiento al resto de Europa. Raimundo Lulio, Arnaldo de Vilanova, Caravantes y “El Iluminado” son los exponentes más importantes de aquella Alquimia hispana. 

El periodo de recolección de información experimental se enlazó con otro, en el que el entendimiento humano se da a lo sobrenatural, y de ahí, el origen de tantas doctrinas tan poco razonables que emergen en la Edad Media. A aquella época le sucede el periodo actual en que la ciencia adquiere un carácter más definido, y habla a la razón con los hechos, no con la imaginación, “que halla deleite en la variedad de las cosas”. Ya no habrá afirmaciones como la de Jorge Agrícola, quien suponía que “en las galerías de las minas existían espíritus malignos que mataban a los operarios”, sino que en ellas hay un gas irrespirable que causa la muerte por ahogo. Aún así, este hombre es capaz de resumir sus conocimientos prácticos sobre el cultivo de la tierra, los cuales fueron insuperables hasta la llegada del siglo XVI. 

Los alquimistas europeos, perseguidos por los poderes religioso y político, se organizan en sectas que se reunían en los claustros de las catedrales. Allí definieron las reglas de la práctica experimental, la observación y la inducción, y las aplicaron a su trabajo (Galileo, Bacon, Descartes, Palassy y Boyle las harían famosas siglos después). La búsqueda de la piedra filosofal permitió conocer y manejar los ácidos minerales más importantes y multitud de compuestos de Hg, Ag, Cu, Fe, As y S. Purificaron el alcohol y los álcalis, fijaron con perfección los colores y obtuvieron el ácido sulfúrico. 

Alberto El Magno (1193-1280), estableció que la nutrición de las plantas se basa en tres principios: “La diversidad de alimentos, su paso a la solución y la necesidad de la corrupción, es decir, el retorno al suelo de los restos vegetales para su descomposición” (idea que surge posiblemente de su observación sobre el comportamiento de los estiércoles). Raimundo Lulio (1232-1315) en su Ars Magna introduce la idea de que ninguna cosa puede ser engendrada en ausencia de sales. Destaca un verdadero agrónomo, el italiano Pietro de Crescenzi (1230-1320) autor de “De agricultura vulgare”. Su “Opus ruralium commodorum, libri duodecimun” resulta ser una de las recopilaciones medievales más leídas al condensar los conocimientos agrícolas del mundo romano y ser uno de los primeros libros impresos. Sin embargo su atención a los suelos es pobre, al tener solo dos páginas de referencias a los conocimientos antiguos. 

Con el Renacimiento llega el verdadero resurgir de la Ciencia. Se pone en tela de juicio los conocimientos que fueron legados, se hace una crítica profunda de todo, y sólo se reconoce como cierto lo que se podía confirmar con la experimentación propia. Este espíritu saca a la Ciencia de los estrechos límites en que estaba confinada y la lanza a un camino de progreso que ya no se detendrá. Tres químicos lideran este movimiento científico del siglo XV: Paracelso, que aplica la Química a las Ciencias médicas, Jorge Agrícola, que lo hace a la metalurgia y Bernard Palissy a la industria. 

Paracelsus (1493-1541) es el primero en darse cuenta de que las ciencias de la naturaleza son ciencias experimentales. Cree en la Química como método para conocer los secretos de la naturaleza y ve en la experimentación la única vía para intentar conocer el mundo que le rodea. Por él se conocen el Zn y el As y aplica procedimientos analíticos para determinar las proporciones de S, Hg y sales en sus compuestos. Según su criterio, “el suelo era uniforme en su naturaleza y en el contenido de sus componentes: materia orgánica, agua y materia mineral”. Bernard Palissy (1510-1590) desarrolló el arte de la cerámica, tuvo grandes conocimientos de cristalografía física, química, y agricultura, y destacando del suelo “su capacidad como suministrador de sales minerales para la planta”. 

Estampilla en Homenaje a Paracelso en 1949

En España, el clérigo Gabriel Alonso de Herrera escribe en 1513, a instancias del Cardenal Cisneros, la Obra de Agricultura. Presenta como aspectos más relevantes, los dedicados a la calidad de las tierras, los caracteres que definen su bondad o sus defectos, etc.. Tiene capítulos como “de los sitios y calidades de las tierras”, “de las señales para conocer la malicia y bondad de las tierras" y “de los defectos de las tierras", exponentes todos ellos del evidente pragmatismo con que aborda los temas agrícolas, casi sin conocerlos. Difundido en letra de imprenta, fue muy leído en la época. 

La Química

La alquimia, a finales del siglo XVI no llegó a encontrar la transmutación de los elementos en oro, pero sí la piedra filosofal de las naciones cultas: la Química. Generó una legión de tenaces experimentadores que permitieron la apertura de la Europa de las Ciencias, casi tal y como ahora la tenemos estructurada, y una profunda sobreexcitación, en la misma medida en que se iban alcanzando nuevos descubrimientos… 

La victoria de la investigación moderna no fue completa hasta que se estableció un principio esencial: el intercambio de información libre y cooperativa entre todos los investigadores. Hoy no se considera como tal, ningún descubrimiento científico, si se mantiene secreto. Una observación o un descubrimiento nuevo no tiene realmente validez, hasta que al menos otro investigador haya repetido y confirmado la observación. La investigación no es el producto de individuos aislados, sino de la comunidad científica. 

Durante este siglo la Ciencia será tal como la entendemos hoy, con sus hombres comprobando minuciosamente sus resultados en los laboratorios y exponiendo sus conclusiones mediante escritos a sus respectivas Academias. En definitiva, el siglo XVII es el del triunfo de la experimentación, cuyos cimientos habían sido puestos por Paracelso. Es el siglo de Bacon, Galileo, Descartes, Newton, Boyle, Malpighi… 

Por su amistad y relación cobra impulso la creación de las Academias o Sociedades, instituciones exclusivamente dedicadas al cultivo de las ciencias. La primera es fundada por Porta en Italia con el nombre de “Academia de los Secretos”. Al poco tiempo se organiza en Florencia la “Academia de Cimento" y la de "Lienci”, en Alemania “La Imperial de los Curiosos de la Naturaleza”, la de Ciencias en París, la de Estocolmo. Aparecen también las primeras revistas científicas. 

Robert Boyle (1627-1691), físico y químico irlandés, consigue reunir, a mediados de este siglo, a un grupo de sabios para formar en 1645 la Royal Society of London for Improving Natural Knowledge, a partir de algunas reuniones interesadas en los nuevos métodos científicos introducidos por Galileo. Reconocida formalmente en 1660 por Carlos II de Inglaterra, actúa desde entonces bajo protección real. A esta sociedad perteneció Newton, que por inducción enunció, a finales del siglo XVII, las tres leyes simples del movimiento y la ley de la gravitación universal, basadas en las observaciones y conclusiones de Galileo, Tycho Brahe y Kepler. 

Ilustración de la Royal Society of London

Es precisamente en su seno donde se reconoce la necesidad de establecer una clasificación de los suelos, de alguna forma científica y definir el valor de sus propiedades para el desarrollo de la agricultura; para ello se crea el Georgical Commitee, que envía en 1665 un cuestionario a los agricultores ingleses al objeto de conocer los tipos y condiciones de los suelos de una forma directa. En 1684, Martin Lister cristaliza este esfuerzo con el primer esquema científico para la clasificación de suelos, basado en la productividad agrícola: “An ingenious proposal for a new sort of maps of country”. Este trabajo fue continuado durante el siguiente siglo por los geógrafos que clasifican y cartografían los suelos de Gran Bretaña e Irlanda. 

El arranque de la agricultura científica se produce en este siglo, con la aplicación de técnicas propias de otras disciplina. El primer tratado de agronomía en lengua francesa es el titulado “L´Agriculture et Maison Rustique” traducción realizada por Jean Liebant de la obra “Praedium rusticum” de Charles Estienne. Oliver de Serres (1600) escribe “Théâtre d’agriculture et ménage des champs” en el que, si bien los suelos son tratados de forma recopilativa, incide preferentemente sobre las propiedades físicas del suelo y considera el estiércol como fuente de calor. Pero la preocupación principal era determinar la naturaleza del principio nutritivo de las plantas, y como indica Russell (1973) es el “período de la búsqueda del principio de la vegetación” que supone el inicio del cambio de la filosofía aristotélica deductiva hacia formas de pensamiento más inductivas basadas en la observación, experimentación y medición. Los científicos se realizan las siguientes preguntas: ¿Cómo crecen y se desarrollan las plantas?, ¿Qué materias intervienen?, ¿Cuál es el motor del crecimiento?, conscientes de que las respuestas aristotélicas a las mismas: el aire, el agua, la tierra y el fuego, podrían ya no ser válidas. Comienza una serie de investigaciones fundamento del desarrollo posterior de todas las ciencias agronómicas, impulsadas por los grandes avances en los campos de la Física y la Química. 

Si Nicholas Cusa (1450) había sugerido que las plantas crecen asimilando agua, y Sir Francis Bacon (1561-1624) escribe “el agua era el principal alimento de las plantas”. Jean Baptiste van Helmont (1577-1644) modifica esta opinión tras acuñar la palabra “gas” para describir las propiedades del CO2 entre las que destaca su influencia en el desarrollo vegetal y publicar el primer balance de materia, en su libro Ortus Medicinae. En él describe los resultados del cultivo cuidadoso de un vástago de sauce en un cajón de tierra y sus cálculos matemáticos, tras 5 años de experimentación. Concluye que el suelo en nada contribuía a la nutrición de la planta y sí las substancias presentes en el agua. Sus trabajos perciben la gran revolución que se avecina en los campos de la Química Agrícola, la Biología y la Fisiología Vegetal. 

van Helmont conoce a Glauber (1604-1668) – descubridor de la acción fertilizante del salitre (nitrato de potasa), introductor de la palabra “nitro”” como un elemento más de la cosmogonia aristotélica (el quinto elemento) – y ambos generan una importante ruptura en el contexto de las explicaciones de los fenómenos vitales (discutidos ardorosamente en las Academias), al incluir los resultados experimentales, propios a cada investigador, en los conceptos de autores antiguos, de los que normalmente se ignoraba la justificación de los mismos. 

Sir Hugh Plat, inicia el largo camino para descifrar las razones científicas que condicionan las buenas prácticas agrícolas del cultivo: “Es evidente que sólo el abono que se deposita sobre suelos áridos no podría de manera alguna enriquecerlo del mismo modo si no fuera por la sal que deja tras de sí la paja y el heno después de su descomposición. La lluvia que cae sobre estos estercoleros y que se escurre hacia los valles, también acarrea la sal del estiércol. El campo es más verde y espeso en aquellos lugares donde previamente habían estado los montones de estiércol. De esto se puede deducir que no es sólo el estiércol el que causa la fertilidad, sino la sal que la planta ha extraído del suelo”. 

La Química Orgánica

El comienzo de siglo XIX se conmociona por la aparición de la teoría atómica de Dalton en 1804. Los elementos químicos están constituidos por partículas elementales que se denominan átomos. Avogadro enuncia la existencia de dos clases de moléculas, las “moléculas elementales” (átomos) y las “moléculas constituyentes” (moléculas). 

Durante la primera mitad del siglo XIX, la Química Orgánica está condicionada por la aún vigente “teoría vitalista”, enunciada el siglo anterior por Bergman: las substancias químicas son orgánicas o inorgánicas. Las primeras formando parte de los seres vivos, sólo podían ser sintetizadas gracias a la “fuerza vital”, fuerza de carácter sobrenatural no abierta a la experimentación de laboratorio. Mulder y Berzelius intercambian conocimientos sobre la composición de las substancias pues, o son óxidos de radicales compuestos o son combinaciones de dos o incluso varios óxidos de este tipo. Wöhler (1800-1882) sintetiza accidentalmente urea en 1828: La “teoría vitalista” ha muerto. 

Química Orgánica

A partir de este momento, la Química Orgánica comienza un desarrollo acelerado y paralelo al de la Química Fisiológica (cruce entre la Química Orgánica y la Fisiología). Justus von Liebig (1803-1873) desarrolla técnicas de análisis cuantitativo y las aplica a los sistemas biológicos. Es el primer químico en demostrar que el calor de los cuerpos de los animales se debe a la combustión de los alimentos ingeridos. Describe los ciclos del C y N en animales y plantas. En 1840 puntualiza que los compuestos orgánicos vegetales se sintetizan a partir de CO2 del aire, mientras los compuestos nitrogenados se derivan de precursores del suelo. En 1843 especula sobre los ácidos oxálico, cítrico ó málico como intermediarios en la síntesis vegetal de carbohidratos, que tanta importancia tienen hoy en la asimilación de nitratos y en la aparición de los carbonatos en el suelo. 

El conocimiento sobre fotosíntesis alcanza avances definitivos. Nicholas-Thèodore de Saussure publica en 1804 experimentos que representan el primer tratamiento del tema de la fotosíntesis, utilizando métodos cuantitativos y una terminología química moderna. Desarrolla la primera ecuación que define el balance de la fotosíntesis. Renè Dutrochet expuso en 1837 que la clorofila es necesaria para la fotosíntesis. Charles Daubeny publicó en 1836 la eficiencia de las diferentes partes del espectro lumínico en la fotosíntesis que Wilhelm T. Engelmann completa en 1882 al describir cómo la luz del rojo era la más efectiva. John W. Drapor (1844) muestra que las plantas que crecen en soluciones de bicarbonato sódico pueden liberar O2 en presencia de luz. Su método experimental es uno de los más elegantemente concebido. En 1898, Barnes propone el término “fotosíntesis”. 

Von Liebig ejerció su influencia sobre numerosos alumnos (incluidos ingenieros y futuros edafólogos), entre los que destaca Kekulé (quien da nombre definitivo a la Química Orgánica e indica que la Química Fisiológica es la que se ocupa de los procesos químicos que se verifican en los organismos, tanto plantas (Fitoquímica) como animales (Zooquímica). Kekulé formula el anillo bencénico después de soñar con un juego infantil en el que dos grupos de niñas (entre ellas su hija) hacían dos corros concentricos girando en sentido opuesto. Van’t Hoff propone el desarrollo tridimensional de las fórmulas orgánicas, junto con una observación relativa a la relación entre las capacidades de rotación óptica y complementa a Fisher (1852-1919) en sus trabajos sobre la estructura de los azúcares, la descripción del enlace peptídico y su papel en la estructura de las proteínas. 

En el campo de la Físico-Química, Mayer (1842) enuncia la primera ley de la termodinámica y su aplicación a los seres vivos, que completa tres años más tarde junto con von Helmholtz y que tienen una extraordinaria repercusión en todos los campos de la Ciencia. 

En Biología, Schleiden y Schwann, expresan la teoría celular (la célula es la unidad básica estructural de todos los organismos), facilitan la transformación de la Biología desde una ciencia observacional en una ciencia experimental y estimulan la colaboración entre químicos y fisiólogos. Von Hoppe-Seyler, utiliza por primera vez en 1877 el término “Bioquímica” que con el tiempo ratifica Carl Neuberg en 1903 a la par que nos muestra el proceso fermentativo como una ruta metabólica. En 1833, Payen y Persoz aíslan la primera actividad enzimática -la amilásica- cuya verdadera dimensión se adquiere gracias entre otros a Berthelot (1837), cuando sugirió que las fermentaciones consistían en la acción catalítica que los seres vivos ejercían sobre las substancias químicas que reciben, a Theodor Schwann, quien nos habla en 1836 de que la putrefacción y la fermentación son realizadas por microorganismos y a von Liebig (1839), que mantiene que fermentos no vivos causan la fermentación, y abre una controversia sobre si la fermentación es un proceso vital ó no. Kühne (1878) acuña el nombre de enzima, Edward Buchner (1897) descubre que las levaduras trituradas, exentas de células vivas podían transformar la glucosa en etanol y CO2 y Pasteur consigue demostrar que las fermentaciones son producidas no sólo por levaduras, sino también por otros microorganismos, impulsando el estudio del metabolismo en los seres vivos. 

En Patología Vegetal, Bènèdict Prèvost (1807) muestra que un organismo vivo es el responsable de la enfermedad de la hinchazón del trigo, Miles Berkeley (1845) ve que un moho era el responsable del tizón de la patata y contribuye a la clasificación de los hongos, y Dimitri Ivanovski (1892) descubre un agente causante de enfermedad, más pequeño que las bacterias: los virus. Al final de siglo, otro ruso genial, Vinogradsky, da pie a la ciencia de la Microbiología, utilizando como campo de investigación los microorganismos del suelo y clasificando más de un millón de especies. 

En otros campos, como la Histología Vegetal, Max Schultze observa en 1864 los plasmodesmos, hecho básico en la concepción actual de la organización arquitectónica y nutricional y funcional de los tejidos vegetales. En genética Gregor Mendel publica en 1866 sus investigaciones sobre híbridos vegetales y su subsecuente comportamiento. Sus leyes fueron olvidadas 36 años. Ernst Charles Darwin (1844) propone la teoría de la selección natural. Heinrich Haeckel (1866) es el primero que usa el término “ecología” para describir el estudio de los seres vivos y sus interacciones con otros seres y con su medio ambiente. En Matemática Aplicada, Karl Pearson (1894) publica la primera de una serie de contribuciones a la teoría matemática de la evolución. Aporta métodos para analizar la distribución de la frecuencia estadística, estudiados al detalle, que fueron básicos en los desarrollos matemáticos que hoy operan en la Edafología.

Histología Vegetal

Justus von Liebig, aceptado como “padre de la agricultura moderna”, aplicó el concepto de balance propio a su “teoría de la nutrición vegetal” dando forma a su teoría mineral. Apoyó la concepción del suelo como ente objeto, más que como ente sujeto, además de contestar severamente a la teoría del humus de Thaer. Para Liebig, el humus divide al suelo y favorece el desarrollo de las raíces al generar, por fermentación, ácido carbónico, de interés para las raíces más jóvenes, y siendo su acción, sobre todo de tipo físico. Reidel patentará esta idea en 1916. 

von Liebig hace pública su teoría mineral de la nutrición vegetal, en su conferencia “La química en sus relaciones con la Agricultura y el crecimiento de las plantas” dada en la British Association (Glasgow, 19840) y que desarrolla en su obra Chemie Orgànique appliquée à la Physiologie Végétale et à l’Agriculture (1841). En esta obra, punto de partida de la Química Agrícola, desarrolló los conceptos básicos sobre la fertilización y la nutrición mineral de los vegetales, demostró que las plantas no se nutren de humus, sino de soluciones minerales y que el humus es un producto transitorio entre la materia orgánica vegetal y las sales minerales, únicos alimentos de las plantas. Estos conceptos abrieron la vía de desarrollo de la industria de los fertilizantes inorgánicos. 

Según esta teoría, “las plantas se alimentaban exclusivamente de materia inorgánica, procedente, bien de la descomposición del humus o de la atmósfera, bien de las substancias minerales que hay en la tierra”. Considera al suelo un “almacén” estático, de donde las plantas toman los nutrientes necesarios y que el “suelo” reemplaza con el tiempo. Su agotamiento producía infertilidad, por lo que el agricultor debía preocuparse de forma continua de su restitución, marcando el camino de la fertilización química moderna. Entre los elementos que se debían de restituirse estaban: N, P, K y Ca. No obstante, “dadas las grandes cantidades de nitrógeno que hay en la atmósfera y dada una supuesta capacidad de las plantas para asimilarlo directamente al igual que el carbono”, y el hecho de que los principales cultivos fueran cereales, hace que el químico alemán recomendara al agricultor que no se endeudara con los guanos y otros abonos nitrogenados. Para Von Liebig era más importante restituir el P y el K, por lo que éste fue su gran fracaso. 

Con la teoría mineral se consiguió explicar porqué resultaban tan útiles las prácticas de la agricultura tradicional, tan normales en la época, como las enmiendas de calcio o yeso, las aplicaciones de huesos en polvo y de guano. La materia orgánica en forma de estiércol no interesaba “per se”, sino por lo que generaba en su descomposición. Por tanto, no importaba que se substituyera por substancias minerales, pero éstas debían encontrarse en el seno de combinaciones binarias como el agua, el CO2 o el amoníaco, para hacer más rápida su asimilación. El principio mineralista representaba un adelanto para los agricultores, al permitir desvincular la producción agrícola de la dependencia de los animales y de su alimentación. Por tanto, podía dedicar una mayor superficie de su finca a cultivos más lucrativos. 

El desconocimiento del poder para retener cationes por parte del complejo de cambio del suelo, llevó a von Liebig a proponer como fertilizantes a compuestos inorgánicos muy poco solubles, que resultaban poco eficaces para el desarrollo vegetal al considerar a los componentes solubles como un inconveniente por sus posibles pérdidas por lavado. Aunque Gazzeri había percibido la capacidad del suelo para intercambiar cationes en 1816, es Thompson, en 1848, el primero que publica la observación de que al añadir sulfato amónico a una columna de suelo se lixivia sulfato cálcico y estudia, de forma sistemática, el intercambio catiónico, si bien el término “intercambio de bases” fue acuñado por Way entre 1850 y 1852. 

Como tesis de sus investigaciones sobre el papel desempeñado por los elementos químicos en el desarrollo vegetal, von Liebig enunció la “Ley del Mínimo”: “Un elemento que falte, o que se halle presente en una cantidad insuficiente, impide a los restantes producir su efecto normal o por lo menos disminuye su acción nutritiva”; que se complementará con la Ley de la Tolerancia Ecológica, formulada en 1913 Víctor E. Shelford. En esta línea Giovanni B. Amici (entre 1851 y 1855) investiga los procesos de fertilización en plantas desde un punto de vista químico y M.E. Mitsterlich los aborda con un sentido matemático, generando su conocida “Ley de los rendimientos menos que proporcionales” que tuvo difusión universal. Con la introducción, por Joseph Grinnell (1917) del concepto de nicho ecológico y, por A. G. Tansley (1935) del concepto de ecosistema, se dieron los pasos necesarios para que Robert H. MacArthur y Edward O. Wilson establecieran en 1968 la disciplina de ecología teórica

En la aplicación de la Química a la Agricultura tomó el relevo Jean-Baptiste Boussignault (1802-1887), con su obra “Economie rurale dans ses rapports avec la Chimie, la Physique et la Meteorologie" (1843). Dividía los elementos del suelo en asimilables y no asimilables por las plantas, limitando el interés de los datos de análisis totales, practicados hasta entonces de forma generalizada. Demuestra la necesidad del N en plantas y animales y también, que “las plantas superiores no pueden utilizar el nitrógeno atmosférico sino únicamente los nitratos del suelo”. Boussignault amplia y difunde las nuevas ideas sobre nutrición vegetal que, unidas a su visión pragmática del suelo, quedaron firmemente ancladas en los circuitos científicos de la época. El padre de la Química Agrícola francesa, aplicó el análisis químico al medio natural. Entre sus trabajos se suelen citar las investigaciones sobre el contenido en Al de las aguas de drenaje, la difusión vertical y horizontal y sus resultados sobre la nitrificación. Un agrónomo eminente, el Conde de Gasparin escribe dos obras “Cours d’Agriculture” (1843) y “Traité de la détermination des terres arables” (1872) basadas en los conocimientos de Boussignault que constituyeron durante muchos años las dos guías científicas más seguidas por los agricultores en Europa. 

Faltaba por resolver cómo el N2, presente en el aire, pasaba al suelo y en su caso, a las raíces de las leguminosas. Desde 1875, Schloesing y Müntz investigaron sobre el componente bacteriano del ciclo del N en el suelo. Berthelot (1827-1907), estudiando los nódulos de leguminosas, explicó su papel en la nutrición de su huésped y su capacidad como fijador de N2, al ser capaces de transformar el N libre del aire en formas ligadas asimilables. En 1888, Beijerink aisló el Rhizobium leguminosarum de los nódulos de leguminosas y, junto con Winogradsky (1856-1946), padre de la microbiología, definen los géneros Aerobacter y Azotobacter. Este último realizó la primera demostración de una quimiosíntesis trabajando con bacterias sulfurosas. Abordó el problema de la formación de nitratos y al aislar del suelo a los principales organismos responsables (Nitrosomonas spp. y Nitrobacter spp.), demostró la separación entre nitrosación y nitrificación. Otras investigaciones suyas le convirtieron en el padre de la microbiología dinámica y siguiendo estas ideas y ya en el siglo XX, Martin Alexander y nuestro Julio Rodríguez Villanueva implantaron el estudio microbiológico de los suelos, no como un hecho taxonómico, sino como una forma de ver las rutas fisiológicas que permiten estudiar la evolución de los materiales orgánicos presentes en el suelo: proteolisis, celulolisis, nitrificación, denitrificación etc. 

Centrando la atención sobre la materia orgánica, en su evolución y en los productos de su descomposición, Mitscherlisch (1794-1863) encuentra que la fermentación se debe a levaduras y la putrefacción a los vibrios. Liebig constató que elevadas concentraciones de N quedaban fijadas al humus, no estando disponibles para la planta. Mulder da la primera clasificación de los productos contenidos en el humus, definiendo los términos de ulmina, humina, ácidos úlmicos, crénicos y apocrénicos y Grandeau (1834-1911) indica que el humus tiene otras misiones en el suelo, además de la de proporcionar N a las plantas, pues facilita la adsorción de ácido fosfórico. 

Correlativamente, el inglés John Bennet Lawes (1814-1900) inicia en 1843, en la finca de Rothamsted, los célebres experimentos sobre fertilización, aún en activo, a los que pronto se asoció John H. Gilbert (1810-1901). Estos ensayos de larga duración además de facilitar el desarrollo de las recomendaciones sobre la aplicación de fertilizantes, han permitido estudiar el comportamiento de los nitratos en el suelo, y su capacidad para contaminar las capas freáticas y ello, gracias a haberse ido recogiendo y analizando sistemáticamente las aguas de drenaje, en campos con diferentes dosis de fertilizantes nitrogenados. Hoy sigue siendo punto de referencia de muchos expertos en las ciencias del Suelo y en las Producciones Agrarias. 

Desde estos puntos de vista, el primer norteamericano, estudioso de los suelos fue Edmund Ruffin en Virginia. Trabajó intensamente para desvelar el secreto del encalado y estableciendo el concepto de “calcio intercambiable”. Después de escribir un breve ensayo en “The American Farmer” (1822), publicó “An Essay on Calcareous Manures” (1832). Pero su influencia fue pequeña al no circular su publicación más que en los “Estados del Sur”. 

El espíritu amplio del pedólogo Hersey, en California, le permitió ponerse al servicio de los intereses de Kearney, pionero del desarrollo agrario de suelos, que llega a ser el agricultor más próspero de California y líder de una concepción industrial de la producción agraria, totalmente nueva en cuanto al uso del agua, y las propiedades físicas, que aplicó a las producciones vitícolas y hortícolas, sobre los suelos áridos del Valle de San Juaquín. En el desarrollo de sus ideas, Kearney reúne a inversores, busca y forma a los productores, se rodea de científicos, establece sistemas de riego revolucionarios, añade abonos a los suelos, crea áreas de distribución de sus productos. Su legado, cedido a la Universidad de California, se convierte en 1951 en la “Fundación Kearney para las Ciencias del Suelo", que permite financiar las investigaciones sobre suelos, nutrición vegetal y agua, de extraordinaria importancia en los desarrollos que tiene actualmente la Edafología y la Química aplicada a la Agricultura en los EE UU y en el resto del mundo. 

Esta concepción de Hersey en la que el suelo es conceptualmente un objeto, en un medio semidesértico hace que el concepto de Pedology se extienda como sinónimo de suelos, en Norteamérica frente a las concepciones Rusas, que nos hablan fundamentalmente de los microorganismos o la biología del suelo (Edafología).

Otros trabajos habían demostrado que las plantas podían cultivarse en un medio inerte, humedecido con una solución acuosa que contuviese los minerales requeridos. El siguiente paso fue eliminar completamente el soporte suelo y cultivar plantas en la solución que contuviera los nutrientes, como se hacía en los Jardines Colgantes de Babilonia. Lo consiguieron dos científicos alemanes Sachs en 1860 y Knop en 1861, dando sus estudios origen a la “nutricultura”. Sus técnicas se usan todavía hoy en los estudios de fisiología y nutrición vegetal. En estas primeras investigaciones sobre nutrición vegetal demostraron que se podían conseguir crecimientos normales sumergiendo las raíces en una solución acuosa con N, P, S, K, Ca, y Mg, los cuales definen hoy al grupo de los macronutrientes. En los años siguientes descubrieron que otros siete elementos se necesitaban en cantidades más pequeñas: Fe, Cl, Mn, B, Zn, Cu y Mo. Eran los microelementos. En una secuencia continua se inicia la formulación de estas soluciones: Tollens en 1882, Tottingham en 1914, Shive en 1915, Hoagland en 1919, Trelease en 1933, Arnon en 1938 y Rubbins en 1944, muchas de las cuales se usan actualmente. Se había abierto la era de los fertilizantes líquidos.


Guardar en PDF